Lourdes Oñederra

El capricho de la señora Anderson
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Traducido por Gerardo Markuleta (in Olaziregi, M.J. (ed.) 2005, Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid.). Publicado originariamente en euskera como: «Anderson andererearen gutizia» en Gutiziak (Txalaparta, 2000).

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Pocas cosas habrá tan atractivas como percibir en otros el propio poder de atracción. Probablemente por eso tuvo ella de joven (pensó la señora Anderson) tanto éxito con los hombres. Cuando era joven. Hace ya mucho tiempo. Hace ya mucho tiempo, cuando era joven, la señora Anderson gustaba mucho a los hombres, a los hombres jóvenes que tenía alrededor, porque a ella los hombres le gustaban mucho (y pocas cosas habrá tan atractivas como percibir en otros el propio poder de atracción).

No era fea cuando era joven. También eso debió de ayudar, pero en su entorno siempre
había chicas más bonitas que ella. En su colegio. En su parroquia. Y, sin embargo, era ella quien más éxito tenía. En aquella época, el juego le resultaba a veces incluso demasiado sencillo.uizá por eso se casó con el señor Anderson, porque el señor Anderson no se había enamorado de ella tan fácilmente como los demás. Ella tomó por amor la placidez del señor Anderson y, desde que se casó con él, la señora Anderson no había amado a ningún otro hombre, no había ejercido su poder de atracción con ningún otro hombre. Si acaso sucedió, ella no se había dado cuenta; a decir verdad, no se preocupaba de ello lo más mínimo. La saciaba la calma del señor Anderson, la solidez del señor Anderson; durante años, la señora Anderson fue feliz. Mientras crecían los hijos que ella y el señor Anderson habían tenido, mientras el señor Anderson ganaba dinero, ella era feliz cuidando aquella hermosa casa, cuidando el jardín, para el señor Anderson.

No había amado a ningún otro hombre, no había necesitado de ningún otro. Había vivido contenta. La señora Anderson piensa que aún vive contenta. Mientras los niños crecían el señor Anderson traía dinero (mucho dinero) a casa por aquellos años, el matrimonio Anderson fue confeccionando una forma de organizarse que resultaba buena para ambos, sustentada en reglas nunca enunciadas. Las cuentas de la casa las llevaba la señora Anderson, era ella quien decidía cuándo vestirían qué los niños y su marido, el color de las paredes del salón, qué se comería en cada momento, a quién se invitaría el día de Acción de Gracias y cuántas toallas había que llevar a la playa. En el resto de cuestiones, ella siempre hacía lo que decía su marido, siempre aceptaba sus órdenes. Pocas veces reñían, muy pocas veces. Al menos eso le parece ahora a la señora Anderson.

Había una cosa que, cuando menos vista desde el exterior (esto es, en opinión de quienes no eran ni el señor ni la señora Anderson), resultaba un poco extraña. Era aquella ley del señor Anderson acerca de los aviones. En algún momento (la señora Anderson no recuerda la fecha con precisión) el señor Anderson decidió que su esposa y él no viajarían nunca en el mismo aparato. De este modo, sus hijos no se quedarían huérfanos (es decir, huérfanos del todo).

Tampoco en eso tuvo la menor duda la señora Anderson, nunca inició una discusión, no le surgió la necesidad. Cuando, muchos años atrás, su marido le comunicó aquella decisión por primera vez... Sí, ahora lo recuerda la señora Anderson. Los niños eran lo bastante mayores para quedarse unos días sin ella, al cuidado de su niñera (el pequeño tendría tres años), y cuando, con ocasión de un congreso de su marido en Chicago, decidieron que ella le acompañaría, a la señora Anderson le pareció muy prudente la medida del señor Anderson. Poco a poco, año tras año, vuelo tras vuelo, también aquello se había convertido en una costumbre, y ahora le resultaba la cosa más normal del mundo. El discreto reglamento del pequeño mundo del matrimonio Anderson. Incluso se le hace raro ver en los aviones y los aeropuertos a parejas que podrían ser padres.

Pero ahora la cuestión es que la señora Anderson ha de abrir su agenda de teléfonos para buscar el número de Tim. Asienta las gafas sobre su nariz y se las coloca más arriba, para situar los cristales más cerca de sus ojos. Tim, Tim, Tim... Ahí está: «Tim». Así, sin apellidos. Tim, sin más. Piensa que, según la va leyendo, la combinación de números le resulta conocida y, en realidad, no es nada extraño, si bien sólo llama a Tim una vez al año, dado que sólo llama a Tim una vez al año. Todos los años, desde hace mucho tiempo. Hará unos diez años que llama a Tim en primavera. Desde el infarto, desde el segundo infarto del señor Anderson. Su marido tenía entonces sesenta y dos años. Ella, sesenta. Aquella terrible operación. Sucedió hace doce años. La señora Anderson cuenta los años uno a uno, todas las primaveras, una a una. Hará, sí, unos once o doce años que llama a Tim en primavera.

Cada primavera, el señor Anderson viaja para hacerse purificar la sangre en un exclusivo hospital alemán. Siguiendo su propia ley, en plena coincidencia con sus decisiones, el señor Anderson viaja en un avión y la señora Anderson en otro. Por si fuera poco, la señora Anderson sale unos días más tarde y llega también más tarde a Alemania. En el intervalo, al señor Anderson le hacen las pruebas habituales en el hospital y él se asegura de que la habitación del hotel (dado que esos días no se queda a dormir en el hospital) sea del gusto de su esposa. Siempre ha cuidado de su mujer, la ha protegido, frente a un mundo vasto y ajeno. La dulzura de su esposa en el mundo de los toscos alemanes. En el hotel los conocen, y les dan la misma habitación casi todos los años; pero a veces está ocupada, y en alguna ocasión les ha tocado incluso alguna muy ruidosa. Su esposa está acostumbrada al calor de California, al silencio de su jardín. Qué sabrán los alemanes, los europeos.

La señora Anderson no recuerda cómo se las arregló para ir ella más tarde por primera vez. Si acaso no había billete, o simplemente fue la excusa utilizada. No, seguro que no mentiría al señor Anderson. Sería por algún asunto de los hijos. Quizá que se acercaba la boda de la hija y tenía que acompañarla a comprarse la ropa. A saber. La cuestión es que ella fue más tarde.













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